Palacios de Santiago du Chili : des architectes

RUTA-PALACIOSSantiago du Chili : à propos des architectes  de la fin du XIXe siècle

Los diseñadores de la Ciudad

Fernando Imas Brügmann – Conservador y Restaurador de Bienes Culturales

Résumé : Les concepteurs de la cité

Le luxe des palais européens a tout de suite été adopté par les citoyens chiliens qui se le sont approprié. Depuis près de 150 ans, ces demeures fabuleuses témoignent de l’histoire et du développement de Santiago, dans les façades, mais surtout dans les intérieurs monumentaux et pourtant modernes.

Parmi les architectes – souvent anonymes – qui changèrent la physionomie de la ville, il faut nommer le français François Brunet Desbaines (chaire d’architecture à l’université, palais du Congrès, théâtre municipal, palais de Melchior Concha), puis le novateur Lucien Hénault, et, parmi les nationaux, Feermin Vivaceta, Manuel Aldunate.

La touche du Second Empire a été donnée par Paul Lathoud à qui l’on doit le palais Cousiňo, la plus connue des résidences chiliennes. L’éclectisme allemand est représenté par Teodoro Burchard qui laisse dans la mémoire collective le souvenir du palais Díaz Gana o Concha Cazotte.

Au XXe siècle ce furent les structures métalliques de Victor Auclair et Eugenio Joannon que mit à profit Manuel Cifuentes, un architecte prolifique et inventif.

Pour le style néogothique, voir Josué Smith Solar et le catalan José Forteza. Mentionnons Mönckeberg et Aracena, Alberto Alamos pour l’utilisation des terrasses, Larrain Bravo et Alberto Cruz Montt qui étudièrent à Paris d’où il rapportèrent l’usage des vitraux, colonnes, escaliers ordonnançant les plans et imposant les motifs décoratifs dont le pionnier fut Alejandro Boulet puis les italiens Carlo Bestetti et Ernesto Kirbach, les fresquistes Morel, Viché et Dupré, l’ébéniste Guillet , Saverio Morra. Formé à Madrid, le peintre Antonio Coll y Pi, le sculpteur Nicanor Palza et surtout l’ornemaniste Paul Loubradou de même que Jorge Pacheco Garcia.

Apparurent ensuite des ateliers spécialisés en ornements de fer, de bois, de marbre, formés plus tard par l’école des Beaux-Arts. Il faut se souvenir de tous ces artiste pour bien comprendre comment toutes les tendances se sont mêlées pour atteindre une telle sophistication.

Un palacio privado del siglo xix y xx en plena calle de Las Delicias, se convertía sin querer en parte del cotidiano de miles de chilenos que se apropiaban de los pináculos y gabletes del gótico, de las volutas corintias, las misteriosas ventanas saeteras del románico, las guirnaldas del Luis xvi

y las espectaculares vidrieras de colores traídas de derruidos castillos europeos; raigambre ajena que súbitamente se convertía en propia, traspasando los salones entelados y recubiertos en placas de mármol para asentarse en cada uno de nosotros como parte indisoluble de nuestra memoria.

Hoy, casi 150 años después, estas fabulosas construcciones, muchas epicentro de grandes cambios políticos, sociales y culturales, siguen deslumbrándonos como testigos de la historia y desarrollo de Santiago. Cada una de ellas tiene un sello distintivo y único, reflejado en su fachada pero principalmente en sus interiores, que no son sólo ornamentos suntuosos, sino que constituían verdaderos imperios privados, diferenciados a través de la forma en que se organizaban y conformaban sus plantas, con gran des espacios perdidos, sucesivos salones con doble y hasta triple altura, escaleras esparcidas insolentemente y modernos adelantos que ayudaban a hacer más fácil la vida de sus ocupantes.

Son los arquitectos quienes dieron forma a ese Santiago, autores muchas veces anónimos de grandiosos edificios que cambiaron la fisonomía de la ciudad, y que se han convertido en verdaderos iconos de nuestro patrimonio. No podemos dejar de nombrar a Francois Brunet Desbaines, quien vino desde Francia para hacerse cargo de la Cátedra de Arquitectura de la Universidad de Chile, autor también del Congreso, el Teatro Municipal y el palacio de Melchor Concha en la calle Huérfanos, hoy demolido.

Su sucesor Lucien Hénault es el responsable del diseño del palacio Covarrubias, el del Almirante Blanco Encalada en la calle Agustinas y el espectacular palacio Pereira, con una planta de solución única en forma de cruz, que hoy está siendo recuperado. Como uno de los primeros arquitectos nacionales podríamos considerar a Fermín Vivaceta, autor de la casa de Domingo Matte, de Carlos Mac Clure y el palacio de Francisco Ossa en Valparaíso, recordado por su hall circular con cariátides. También a Manuel Aldunate, cuyo cuidadoso manejo de los detalles ornamentales aún nos impresiona en el palacio Alhambra de Santiago.

La magia del Segundo Imperio Francés vino de la mano del arquitecto Paul Lathoud, monumental y elegante, quien diseñó el desaparecido palacio de Eugenio Ossa en la Alameda y el palacio Cousiño, la más conocida de las grandes residenciales chilenas. El eclecticismo alemán, mucho más atrevido y diverso, fue cultivado por Teodoro Burchard, quien legó a la capital tres de sus edificios más espectaculares: la hoy perjudicada Basílica del Salvador, el palacio Elguín y el palacio Díaz Gana o Concha Cazotte, que a 82 años de su demolición, sigue presente con sus doradas cúpulas, minaretes y arquerías, en nuestra memoria colectiva.

El siglo xx trajo consigo nuevas ideas, concepciones espaciales y materialidades, como el concreto y las estructuras metálicas, impuestas en Chile por el ingeniero Victor Auclair y Eugenio Joannon.

Estos modernos métodos constructivos fueron muy bien aprovechados por Manuel Cifuentes, un arquitecto prolífico, autor de la actual fachada de la Universidad Católica, y de su propia casa en la calle Almirante Barroso que destaca por su luminosidad, lograda gracias a la ingeniosa disposición de los vanos y la utilización de espejos.

Los estilos neogótico y Tudor fueron muy bien trabajado por Josué Smith Solar, responsable de la espectacular mansión de Orlando Ghigliotto en la Alameda, perdida tras la remodelación San Borja. Trabajó un estilo similar el catalán José Forteza, creador del recordado palacio Undurraga y del palacio Guzmán en la calle Huérfanos, así como del recientemente demolido palacio Montt en la calle Compañía. Por otro lado, los arquitectos Mönckeberg y Aracena, dotaron al barrio poniente de un sinfín de llamativos edificios particulares, y Alberto Álamos innovó en la utilización de espaciosas terrazas con parrones en los pisos superiores de sus obras. Los arquitectos Ricardo Larraín Bravo y Alberto Cruz Montt, –autores de la mayoría de los edificios de esta guía – estudiaron juntos en Paris y regresaron a Chile con modernas ideas que se Paul Loubradou tradujeron en espectaculares interiores que combinan magistralmente el uso de vitraux, columnas, herrerías, maderas talladas, junto con escaleras estratégicamente dispuestas que otorgaban magnificencia a los salones.Estos grandes edificios no podían estar completos sin la ejecución de los trabajos de ornamentación, realizados por experimentados artistas de la decoración. Pionero en esta área fue el escenográfico Alejandro Boulet, a quien le debemos la magnificencia del palacio Elguín. Reconocidos tam bién fueron el italiano Carllo Bestetti y Ernesto Kirbach, quienes delinearon el cielo del Teatro Municipal; así como los decoradores Morel, Viché y Dupré, ejecutores de audaces frescos. Experto en las tallas en madera era el ebanista Guillet y en los cielos, nadie superaba a Saverio Morrá. El mismo Antonio Coll y Pi se había iniciado en Madrid como pintor de mansiones; el chileno Nicanor Plaza realizó esculturas para coronar frontones

de diversos palacetes y muy valorado fue el francés Paul Loubradou por sus exquisitas ornamentaciones. También Jorge Pacheco García, considerado uno de los primeros restauradores chilenos, era un acabado pintor, dorador y marmolista.

Los talleres especializados no tardaron en aparecer: famosa fue la firma Mina Hnos., especializada en herrería ornamental, cuya labor es apreciable en la reja principal del palacio Ariztía; o Küppfer Hnos., creadores de hermosas boiseries talladas y parqués. También los talleres de Santiago Ceppi, que surtieron de pavimentos de mármol a la mayoría de los inmuebles santiaguinos. Los alumnos de la Escuela de Bellas Artes por otro lado, fueron los autores anónimos de todas las ornamentaciones del palacio Bruna, y la Escuela de Artes y Oficios se convirtió en la principal proveedora de piezas decorativas en la capital. Rememorar a cada uno de estos personajes y observar sus obras, es la mejor forma de comprender como el arte, el diseño, la arquitectura y el talento, se fundieron para convertir estructuras de concreto o la drillo, en verdaderos exponentes de sofisticación y lujo, inmersos en el fin del mundo.

Sur ce sujet lire : http://www.fontesdart.org/aspm/ads/la-influencia-francesa-en-la-vida-social-de-chile-de-la-segunda-mitad-del-siglo-xix/

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